Los siete que salieron con él
Los nombres de la lista de aquella madrugada no son una relación
administrativa. Cada uno tenía un pueblo, una edad y una historia.
Juan Antonio Pérez Mayo sacerdote, 1907
De Santa Marina del Rey (León), a pocos kilómetros de
Villamor. Primera profesión en Urnieta en 1927; estudió en
Roma, donde hizo la oblación perpetua en 1930 y fue
ordenado sacerdote en 1932. Doctor en Filosofía y licenciado en
Teología. En 1935 fue enviado al escolasticado de Pozuelo como
profesor de Filosofía. «Era apasionado y pletórico de vida, vehemente,
contagiaba fácilmente su entusiasmo», y «se ganó pronto la estima y
aprecio de sus alumnos». Era el único sacerdote de los ocho. Su padre,
el señor Modesto, fue quien llevó a Villamor la noticia
de la muerte de Cecilio.
Francisco Polvorinos Gómez 1910
De Calaveras de Arriba (Almanza, León), «en el seno de una
familia de humildes campesinos y pastores». Llamó en vano a varios
institutos religiosos y las puertas del juniorado de los Oblatos se le
abrieron «cuando ya tenía 16 años». Su sobrino Elías Pacho
recordaba una frase suya que «se hizo familiar en su pueblo»:
«La Iglesia siempre será perseguida, pero nunca vencida».
Sus formadores escribieron de él: «Hombre piadoso, cumplidor de la Regla,
franco con sus superiores, cuidadoso de su vocación e interesado por las
obras de la Congregación». Y su lema:
«Hacer el bien sin hacer ruido».
Manuel Gutiérrez Martín subdiácono, 1913
De Fresno del Río (Palencia), «en el seno de una familia
de labradores modestos». De la misma edad que Cecilio, en la misma
situación exacta: había terminado el tercer año de teología,
era subdiácono y «esperaba ser ordenado sacerdote después de algunos
meses». «Hombre dotado de talento, equilibrado, con buena memoria», con
resultados «casi siempre brillantes» en los exámenes, gusto por la música
vocal y buena voz. Sus compañeros veían en él cualidades oratorias.
Es el compañero al que la ficha de Cecilio nombra expresamente al contar
cómo fueron sacados los dos del convento.
Juan Pedro Cotillo Fernández 1914
De Siero de la Reina (León), familia de agricultores.
«Un religioso humilde y tenaz, siempre dispuesto a ayudar a los demás».
Quería seguir las huellas de otro oblato de su pueblo, el
padre José Vega Riaño, que también murió mártir. Durante
los años de estudio le diagnosticaron complicaciones cardíacas. En el
momento de la captura, el padre José Vega intervino por él:
P. José Vega«¡No prendáis a este muchacho, está enfermo del corazón!»
Los milicianos«Para lo que le vamos a hacer, está suficientemente bien.»
Justo González Llorente 1915
De Villaverde de Arcayos (León). Ingresó en el seminario
menor de Urnieta en 1927 y comenzó el noviciado en Las Arenas en 1932;
primera oblación temporal el 15 de agosto del año siguiente.
«Parecía algo tímido y sentimental; pero era alegre, servicial y amigo de
todos.» Al terminar el primer año de teología se disponía a hacer su
oblación de por vida. «Tenía gran ilusión por ser misionero.»
Pascual Aláez Medina 1917, el más joven
También de Villaverde de Arcayos (León). Entró en Urnieta
en 1929, pasó al noviciado de Las Arenas en 1934 y a Pozuelo tras su
primera oblación temporal en 1935. Terminado el primer curso de filosofía
y tras un retiro de tres días, renovó sus votos el 16 de julio de
1936: ocho días antes de morir. «Le caracterizaba un espíritu
alegre, animoso, bondadoso y confiado. Nunca se sintió capaz de hacer mal
a nadie y no se imaginaba que alguien pudiera hacerlo.»
Cándido Castán San José laico, 1894
El único que no era religioso. Nacido en Benifayó
(Valencia), vivía con su esposa y sus dos hijos en Pozuelo de Alarcón, en
la colonia de San José. Empleado de ferrocarriles de la
Compañía del Norte de España, donde en 1936 era empleado principal.
Presidente de la Confederación Nacional de Obreros
Católicos y de los Ferroviarios Católicos,
sección Madrid-Norte, y afiliado a la Adoración Nocturna.
El 18 de julio sufrió un registro en su domicilio, que su hija describió
como testigo: «Se presentaron en casa unos milicianos, so pretexto de
encontrar armas, que, por supuesto, no existían… Cuando terminaron, le
ordenaron que no se moviera de casa.» El 23 de julio, hacia mediodía, fue
obligado a abandonar su casa y llevado preso a la casa de los Oblatos; su
hija Teresa fue testigo directo de la detención. Aquella
noche su mujer aún pudo visitarlo y llevarle comida. Salió del convento con
los siete oblatos.
Semblanzas del grupo del 24 de julio de 1936 publicadas en
Hagiopedia, a partir de los testimonios del proceso.