01 · Su vida
Villamor de Órbigo
Nació el 8 de septiembre de 1913 en Villamor de Órbigo, provincia de León, diócesis de Astorga. Sus padres, Juan Vega y Micaela Domínguez, eran labradores que vivían del trabajo en el campo. La ficha de los Oblatos los describe como gente «de buena conducta moral y amigos de hacer muchos favores en el pueblo». Fueron nueve hijos. Cecilio era el tercero.
Manuela, la cuarta, dejó descrita la casa por dentro. No la casa: la costumbre.
«En la familia rezábamos el Rosario y teníamos la Sagrada Familia (capillita) que todos los meses venía y viene por las casas. El Rosario lo rezábamos todo el tiempo, y, en tiempo de verano, cuando había mucho trabajo, mi padre nos rezaba el Rosario de la Buena Muerte, que era más rápido. Y, por supuesto, íbamos siempre a Misa.»
De su hermano de niño dice poco y dice bastante: «era un buen muchacho. No era muy trasto». Y añade que los mayores lo recordaban «muy humilde» y «un niño más bien tímido». De la Primera Comunión guardaba una imagen concreta y modesta: iban a casa del señor cura a tomar chocolate, «pero no era como ahora».
La misma declaración recoge sus devociones de siempre: tenía «una devoción especial al Santísimo Sacramento» y también «a la Virgen María». Y una tercera, que Manuela cuenta porque la recibió de él:
«Y yo creo que también a San Antonio. Él me enseñó la oración de San Antonio.»
El pueblo era pequeño y daba vocaciones. El blog de la causa recuerda que la comunidad parroquial de Villamor, «aunque pequeña en número de familias, ha sido fecunda en vocaciones: Pasionistas, Oblatos, Palotinos, Religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos». Villamor está en la ribera del Órbigo, cerca del puente del Paso Honroso, en el Camino de Santiago, y a pocos kilómetros de Santa Marina del Rey, de donde eran otros dos oblatos mártires beatificados con él: Juan Antonio Pérez y Marcelino Sánchez.
02
«Voy a ir a los frailes»
La vocación llegó por una visita. Un fraile pasó por la escuela del pueblo —«no era un fraile conocido de aquí», precisa Manuela— y aquel día, al volver a casa, Cecilio se lo dijo a su padre. El diálogo que sigue es el único que conservamos de su infancia, y lo conservamos porque su hermana lo escribió sesenta años después:
Cecilio«Voy a ir a los frailes.»
Su padre«Y ¿cómo te da por ir a los frailes? Dime por qué.»
Cecilio«Porque allí es otra cosa muy distinta a la de aquí.»
Su padre«Aquí, el que quiera ser bueno, también puede serlo.»
Su padre«Bueno, hijo, tu alma tu palma. Haz lo que quieras.»
Declaración jurada de Manuela Vega Domínguez, Villamor de Órbigo, 12 de agosto de 1999.
Su madre «sintió que marchara, pero bueno». Él prometió volver de vacaciones. En su decisión pesaron dos referencias del pueblo: el fraile que visitó la escuela y el padre Ángel Vega García, oblato natural de Villamor que había tomado ese camino antes que él.
La carta de la maestra
Hay una segunda voz sobre su infancia, y es la de fuera de la familia. El hermano Pablo Cejudo, OMI, escribió desde Pozuelo de Alarcón pidiendo datos de la niñez de Cecilio, y contestó la maestra nacional de Villamor de Órbigo, doña Lucrecia Marzán, que fue casa por casa preguntando. Su carta se conserva y el blog de la causa la reproduce como «copia textual».
Habló con la madre, que «se encuentra muy delicada y al hablar de su hijo pasa muy mal rato», y de ella recogió lo esencial: que «desde pequeñito siempre el niño hablaba de irse de fraile», sin preferencia por ninguna orden. Salió de casa a los diez u once años. Y en un punto coincidían todos, familiares y amigos de aquella época:
«Era de carácter bondadoso y alegre, por lo que todos le recordaban con cariño.»
Y un detalle de sus juegos que vale por un retrato entero:
«Tanto por las noches en su casa como en sus juegos, improvisaba su púlpito y pronunciaba sus sermones o procuraba figurar otros actos religiosos en los cuales se reservaba para él el papel de sacerdote o fraile.»
La maestra añade que era obediente y respetuoso en la iglesia y en la familia, y que asistía a la escuela y a los actos religiosos sin que le costara. Y apunta la razón por la que, habiendo en el pueblo «un buen número de padres Pasionistas», eligió a los Oblatos: que años antes se habían ido a esa Congregación dos muchachos de allí, el padre Felipe García y el padre Ángel Vega García, este último «el cual ha venido con relativa frecuencia al pueblo».
Carta de doña Lucrecia Marzán, maestra nacional de Villamor de Órbigo, al hermano Pablo Cejudo, OMI, reproducida en el blog de la causa Mártires OMI Madrid, «Estoy dispuesto a morir».
Ingresó con los Oblatos en Urnieta (Guipúzcoa). La ficha biográfica de la Congregación precisa que allí cursó el juniorado, el seminario menor de la Orden.
En vacaciones volvía al pueblo. Su hermana lo recuerda así: «Era catequista. Iba a ayudarle al señor Cura.» Y añade un detalle que retrata bien en qué consistía aquella ayuda: «Nos enseñaba muchos cantos, sobre todo para la comunión, aunque ya no me acuerdo de ellos.» De todos, Manuela conservó uno:
«La puerta del Sagrario, quién la pudiera abrir;
Jesús, entrar queremos, llegar a Ti.»
Del hermano que se va y vuelve cambiado hay una observación desarmante: «Antes de ir a los frailes nos peleábamos alguna vez, pero después, nunca. Y delante de mi padre y de mi madre, nunca.»
03
«A ti ya no te quieren los frailes»
El episodio más humano de su biografía, y el que casi le cierra la puerta.
Tercer año de juniorado. Vacaciones en el pueblo. Estaba regando las tierras con su padre cuando le saltó una piedrecilla a un ojo. Manuela reproduce el grito: «¡Padre, que perdí un ojo!»
Sangraba. Lo llevaron a Astorga y le hicieron una cura, pero no le extrajeron la piedra. Días después, al volver a ayudar a la Santa Misa, el párroco de entonces, don Emilio Prada, le dijo esto:
El párroco«A ti ya no te quieren los frailes.»
Cecilio«¿Por qué?»
El párroco«Porque los frailes son muy escogidos, y gente enferma y gente tonta no la quieren.»
«Vino para casa, cuando vino de Misa, llorando a gritos.»
Lo que sigue es la respuesta de un labrador de la ribera del Órbigo a su hijo de quince años que acaba de creer que Dios ya no lo quiere:
«No te preocupes, si quieres ser bueno, igual puedes ser aquí que allí. También hay gente buena en el mundo, que no están retirados.»
Y a continuación, la parte práctica: «Tú les escribes a los frailes.» Le escribió contando lo que le pasaba. Los Oblatos contestaron que estuviera tranquilo. Manuela se acordaba «estupendamente» de aquella carta y hasta de su instrucción logística: que su padre lo llevara a la estación de Veguellina, y allí lo recogerían. «Y así fue la cosa.»
El problema del ojo no se cerró ahí. Ya en el colegio seguía perdiendo vista, y un padre oblato escribió a la familia pidiendo que lo llevaran a otro oculista —no al primero, «porque le dejó muy mal curado». Su padre lo llevó a León, donde pasó ocho días mientras le hacían las curas, alojado en casa de su compañero de Urnieta José Guerra, de quien Manuela dice que «era compañero suyo en Urnieta, y debían ser buenos amigos». Recuperó bastante vista.
Escribió entonces a los Padres contándoles que ya estaba en casa y que había recuperado bastante vista. Le contestaron que, «cuando llegara el tiempo, vendrían a recogerlo a Veguellina». La frase con que su hermana cierra el episodio es de cinco palabras:
«Después no volvió más.»
A partir de ahí, la familia lo tuvo solo por escrito: «Escribía cartas y en las cartas decía que estaba bien, que andaba como todos, que iba de paseo.» Y a continuación, en la misma declaración: «Pero después ya no supimos más de él.»
04
Cómo era
El retrato no lo firma la familia. Lo firman quienes lo formaron y tenían que decidir sobre él.
A los papeles de una Congregación religiosa no se va a hacer literatura. Los informes de formación evalúan, y por eso valen. El de Cecilio se resume en una línea que la ficha biográfica de los Oblatos repite tal cual:
«Hombre de buen corazón, dócil, noble, piadoso y franco. De buen espíritu en la convivencia con los demás.»
La semblanza «Quién es quién» del blog de la causa lo da en boca directa de sus formadores: «Es un hombre de buen corazón, noble, piadoso, dócil, franco y de buen espíritu», «a juicio de sus formadores».
El año del noviciado
Del año de noviciado —el de prueba, el que decide— la ficha biográfica deja escrito qué esperaban de él quienes lo tenían delante:
«Durante el año de noviciado se entrega con entusiasmo a las tareas propias de ese año de intensa formación para la vida religiosa. Esta actitud provoca en los formadores la firme esperanza de que será un buen religioso y celoso misionero.»
Y añade que «los informes posteriores reiteran esos mismos rasgos»: seis años de valoraciones sucesivas diciendo lo mismo.
El ojo y los libros
Aquí las dos mitades de su biografía se juntan. El accidente de la piedrecilla no fue solo un drama vocacional de un verano: le complicó los estudios durante el resto de su vida. Y lo que la Congregación subraya de él es exactamente cómo respondió a eso:
«A lo largo de su corta vida, destaca en Cecilio su constancia y tesón ante las dificultades que iba encontrando en los estudios, entre otras causas, por un accidente desafortunado en el trabajo agrícola, que le ocasionó la pérdida de un ojo.»
La semblanza «Quién es quién» lo dice con un matiz aún más duro: aquel tesón lo mostró ante las dificultades «para su entrada y permanencia en los Oblatos». No solo para entrar: para quedarse. Llegó a tercer año de teología, subdiácono, a las puertas del diaconado y del sacerdocio.
Los veranos
La ficha oblata resume en una frase en qué se le iban las vacaciones cuando volvía del juniorado: «Hacía de catequista en la parroquia y trabajaba con su padre en el campo.» El blog de la causa lo dice con otras palabras: siendo junior, «se ponía incondicionalmente al servicio de la parroquia y ayudaba a sus padres en las labores del campo».
Ficha biográfica de Cecilio Vega Domínguez y semblanza «Quién es quién, n.º 9», blog Mártires OMI Madrid de la causa de beatificación.